Cementerio del Champaquí

«Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible.»
Píndaro, Píticas III, ep. 3

    Son algo más de dos horas de caminata sobre el sendero que recorre diariamente la familia López, desde la estancia San José, para arriar su ganado. El cementerio es uno de los lugares sagrados que tiene el Cerro Champaquí, uno de sus tantos «lugares sagrados»… pero éste es especial… Tiene la mística de los cementerios indígenas y la organización de los cementerios cristianos. Es un lugar conmovedor, emocionante, pero no triste. Da cuenta de la historia de sus pobladores, de quienes encontraron, en cercanías del Cerro, su lugar en el mundo.

    Cecilia López, con paso seguro, muestra el camino y desanda tradiciones. La hierbas cambian a colores plateados y se asoman por entre las parvitas de nieve que regaló el mes de mayo. Pasada rápida por las Cañadas Atravesada (denominación dada por su disposición geográfica) y Chuschenta (nombre asignado por la presencia del chuscho, una hierba muy peligrosa para el ganado), y sorteo ágil por sobre aquella gran roca que se desprendió en una tormenta y que hoy atora parte del sendero para llegar a la Cañada del Cementerio, un recinto donde la naturaleza luce y respeta con su silencio.

    Una prolija pirca, que año a año las familias de los distintos puestos se preocupan por mantener, abriga las lápidas grises y las cruces que algún buen herrero creó para la ocasión. Representantes de todas las familias del lugar moran su eternidad en comunión. Y es así, como cada 2 de noviembre, las familias López, González, Bazán, Ledesma, Salinas, Pereyra, Sosa y Domínguez, entre otras, se dan cita para una jornada de júbilo, de oración y de alianza. Pasan el día en la Cañada, compartiendo sus alimentos, sus anécdotas, su respeto, su recato. Hasta allí llegaron tiempo atrás a dejar a su ser querido, a veces caminado muchas horas en la sierras, transportando el cajón con una estructura de palos cruzados y frazadas. Tras un breve acto de recogimiento dejaron los restos para reencontrarse con el recuerdo de la vida cada noviembre.

    Es entonces que a la Muerte se le pierde el miedo y el Champaquí es el testigo… Se olvida el estar en un «cementerio» y se prefiere morar en la «Beit Almin» (del hebreo, casa de la eternidad) o»Hamakom Hatahor (el lugar puro)… Paisaje, tradición, homenaje y gloria.